Inicio: misión y hoja de ruta

2ns8avmLa primera verdad de Batman y su gracia salvadora, según Grant Morrison en la conclusión su magnífica El regreso de Bruce Wayne, es la siguiente: “No estuve solo. Tuve ayuda”. Esa verdad es lo que le permite escapar de una trampa mortal hecha a partir de su propia historia, pero corrupta y oscurecida, y volver metafórica y literalmente al mundo de los vivos. En su momento, esas palabras fueron un rayo de luz para mí; por un momento la historia fue como una vidriera, y a través de sus formas y colores vi un rayo de luz que me tocaba personalmente. No sólo me ayudó a comprender mejor a Batman, sino a los superhéroes en general, a los héroes, la literatura, los signos y la vida misma. No era la primera vez que me pasaba al leer o escuchar una historia. Pero coincide que así plasmada, esa es también mi primera verdad, mi gracia salvadora, y lo cierto es que me gustaría llegar al mundo de los vivos en vez de quedarme encerrado en una versión corrupta y oscurecida de mi propia historia.

Este uso de las historias es antiguo. Ver así una obra de ficción implica profundizar en por qué es como es, en su orden interno y su forma, y al mismo tiempo mirarla como algo que va más allá de sí misma, que se autotrasciende. Los mitos griegos se emplearon mucho tiempo como camino hacia la sabiduría, porque son profundos y dan luz sobre aspectos del hombre y el mundo, y lo mismo puede decirse de los cuentos populares, el ciclo artúrico o las grandes novelas de la literatura universal. Leer es como peregrinar, irse implicando dejando llenar de la meta. También la Historia Sagrada está hecha para ser leída como historia; los medievales decían del mundo que es el libro de Dios, y debemos leer en él continuamente (y lo creo, por cierto). ¿De dónde viene ese poder? Dice Aristóteles en su Poética que las buenas historias son las que conducen a una catarsis, una purificación: identificándose con el héroe y sumergiéndose en la acción, uno se ve confrontado, sufre con él y descubre en sí mismo algo que conecta con el fondo del relato, con el resto de los seres humanos y con el orden del mundo y que le lleva a entender mejor y ser mejor. La historia es reflejo de su vida y le da luz. Yo lo llamaría, por analogía, poder redentor del arte: el bien en la verdad en la belleza.

O a la inversa, desde luego, el mal en la mentira embellecida. En ese sentido, uno de los relatos más terroríficos que he leído jamás es de La Colina de Watership, de Richard Adams, que narra las aventuras de un grupo de conejos en busca de una nueva madriguera. Encuentran una cuyos habitantes son grandes y lustrosos, pacíficos, sin preocupaciones, apenas tienen que trabajar y están libres de la superpoblación que suele causar discordias en otras madrigueras.  Pero los héroes van viendo que hay cosas que no encajan, hasta que dan con la explicación, que es como sigue:

“Erase una vez una bonita madriguera que miraba hacia una granja. Un invierno especialmente duro, muchos conejos murieron y la madriguera quedó casi vacía. El granjero pensó: “Podría aumentar esos conejos para tener su carne y su pelaje”. Empezó a disparar contra los depredadores. Sacaba comida, pero no la ponía demasiado cerca de la madriguera, y los conejos se acostumbraron a cruzar el bosque. Y entonces puso trampas. Pocas, pues no quería ahuyentarlos. Los conejos crecieron grandes y sanos. Sabían muy bien lo que sucedía, pero incluso entre ellos simulaban que todo iba bien, porque la comida era buena, estaban protegidos y no tenían nada que temer salvo una cosa, que solo atacaba ocasionalmente y nunca a demasiados. Olvidaron sus costumbres. Olvidaron a sus héroes, no querían oír hechos valerosos. Descubrieron nuevas artes, y aunque esto no podía ayudarles en nada, les permitía considerarse superiores a otros conejos. No tenían jefe, porque un jefe debe proteger a los suyos, y solo había un peligro. Tenían una sola ley. Nadie debía preguntar jamás el paradero de otro conejo y quienquiera que preguntase “¿dónde?” debía ser silenciado. Preguntar era malo, pero hablar sobre las trampas era intolerable; matarían a quien lo hiciese.”

No contaban historias. No hablaban de héroes. Parte de ese monstruoso autoengaño consistía en no dejar pasar la luz por ninguna rendija. Farenheit 451 y Un mundo feliz son dos grandes distopías que tienen lugar en mundos sin libros. Las historias no sólo pueden enseñar, proporcionar referentes y ayudar a crecer: pueden curar también, y ser un poderoso baluarte defensivo contra enemigos externos e internos. Pueden llevarte a empatizar con personas y situaciones que nunca hubieras imaginado, o a comprender los porqués de realidades complejas. Pueden ser una fuente de inmenso disfrute. A la inversa, una historia complaciente es el mejor camino hacia el autoengaño, una “mentira artística” puede impactar, nublar el juicio y conducir las propias emociones hacia cosas que uno rechazaría, el daño de dejarse arrastrar puede ser profundo y a veces irreparable y muchos hombres podrían decir con Dorian Gray “me envenenaste con un libro”.

Me gusta leer cosas muy diversas desde pequeño. Me gusta dejarme impactar por lo que leo, dialogar, implicarme y crecer con la historia, y tener cuidado (“cuidado con lo que metes en tu cabeza”, que dice también Morrison en su saga del Multiverso). Con el tiempo he ido aprendiendo a hacer lo mismo con otras formas de arte, sobre todo el cine, la serie y la ópera, y he aprendido a contar mis propias historias. Como hablar de las cosas que amamos es siempre un inmenso placer y para no perder el hábito, he decidido poner por escrito mis reflexiones aquí, de forma pública, donde es posible el diálogo, el matiz, la profundización (una buena historia es inagotable), la crítica y el debate. Esta es mi hoja de ruta, y apuesto con el lector a que hay bastante tesoro escondido en estos mares. Allá vamos.

Guerrehet, Gareth o Gaheret, según la crónica que uno consulte.

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