El Espejo en el Espejo: Un laberinto (III). El gran desencuentro

Continúa la ruta por el laberinto que es “El espejo ante el espejo”, sombrío catálogo de los mitos y obsesiones de Ende. Me he dado cuenta de que, faltando a mi propia metodología, en el post anterior llamé “Teseo” al que había sido “Ícaro”. Mi hipótesis de trabajo es que vienen a ser el mismo personaje-arquetipo, pero el segundo es el ingenuo aspirante a héroe -antes de haber sido quebrantado y de haberse manchado las manos de sangre-, y el segundo el violento, el que ya la ha derramado. Los seguiré llamando así. There be spoilers.

11. VOLVER A CASA

Otro sueño de gran belleza que me recuerda al modo de describir a Atreyu: tenemos a un peregrino, a un fugitivo, que ha sido un letal “cazador de ángeles”, es decir un exterminador de la maravilla, y ahora quiere volver a casa. Este personaje es el héroe decepcionado, Teseo, y es cojo: más adelante veremos que el bombero perdió la pierna en la explosión de la catedral. Todo el relato tiene un aire de nostalgia de la infancia, de la maravilla, “no soy el que era, no puedo regresar”.

En la oscuridad, el cazador sabe que debe “crear el mundo para que exista” (imaginarlo, de nuevo el soñador hecho mago), y lo imagina: un bosque, el cielo, una gran mujer gris que hace las veces de lejana cordillera: lo mismo que el encuentro con Hor ha resultado no ser una gesta heroica, sino un asesinato, el encuentro con Ariadna, la amada ideal, ha resultado ser el grosero abajamiento de Ío, presente ahora en el horizonte. La casa está junto a un puente, hay dos embozados, la conexión temática con el “mundillo privado” hay que buscarla en la soberbia y el rechazo del ideal que han llevado a las respectivas caídas: el cazador quiso hacerse un “hombre importante”, y ahora su mundo está desencantado, privado de maravilla: la casa -hecha de puertas, como el templo de la Historia Interminable- está llena de ratas, y él no es capaz de “hacerse pequeño” para entrar -después de convertirse en el sombrío Emperador por un mecanismo similar, Bastian necesitó pasar ese proceso con doña Aeiuola-. La descripción está llena de nostalgia de la maravilla.

Y el resto de la descripción tiene también mucha poesía. Al cazador le acompañan un zorro y un lobo, al modo de animales heráldicos, y son ellos los que se lanzan a por las ratas y libran por él el combate sangriento y doloroso, como Bastian y Fúyur por Atreyu. Uniéndose a ellos, con “luz de alas”, es como el hombre cojo recupera finalmente el hogar.

12. EL PUENTE INEXISTENTE

El siguiente relato recupera el tema del espejo. A un lado del abismo vive una población que ha construido un puente hasta su mitad, y tienen como artículo de fe que no se puede alcanzar el otro lado. El relato da a entender, no obstante, que al otro lado hay una población exactamente igual y con el mismo principio, y luego hace avanzar el chiste: hay dos grupos, unilaterales y ortodoxos, que explican de modos distintos por qué al otro lado del puente no hay nada, el que camina al otro lado sigue allí, pero se le considera muerto, hay intercambio comercial e incluso bodas en las que se finge que te estás desposando con nadie en absoluto.

El relato es breve, porque la broma da hasta donde da, pero muy ingeniosa, y tiene dos elementos temáticos interesantes: el puente, que viene de la historia anterior, y la boda entre dos personas que nunca se alcanzan: la idea es que, estando Ariadna mezclada de ideal o sueño, el auténtico encuentro es imposible. Eso, desde luego, tiene su punto en la fantasía y el mito -nos inspiran porque evocan la lejanía y el misterio, pero como en el “Surprised by joy” de Lewis, alcanzar unas colinas guiado por el Dulce Deseo lleva a sentirlo de nuevo hacia otras colinas, porque lo que se desea no puede encontrarse en esta tierra-. Cuando Bastian llegó a la Torre de Marfil, trató de taladrarla y alcanzar a la Emperatriz, pero ella había desaparecido.

No obstante, aplicada al matrimonio y el noviazgo la imagen tiene un segundo elemento de desesperanza (aparte de la del ideal heroico, quiero decir), porque pasa por alto la dimensión de mutuo complementarse y afirmarse que se da en la unión del hombre y la mujer. Quizá haya en ella siempre algo de inalcanzable y, al contrario, también algo demasiado práctico, concreto, corporal y terreno que uno nunca hubiera imaginado al soñar el ideal. Pero ese mutuo hacerse crecer también existe, y es en sí mismo un encuentro.

13. EL CUARTO DE MEDIODÍA

Nuevas cotas de surrealismo, insistencia en el tema anterior: el cuarto de mediodía es una habitación que contiene un desierto inmenso, en el que un hombre sin rostro guía al reacio novio -“eh, oiga, mi novia es guapa, ¿verdad?”- a casarse por fin. El hombre sin rostro le ha advertido que el atajo es el camino más largo, pero el novio insiste en ir por él. Y el camino se hace largo, el novio quiere dejarlo, pero se le espera, el hombre sin rostro continúa guiando e insistiendo cada vez que el novio se lamenta, hasta que su traje se rasga y él se convierte en un anciano. Cuando llega finalmente, la novia espera, ilusionada, pero no a él, sino que parte con el hombre sin rostro hacia la otra puerta, donde piensa que le espera el novio. Allí, al salir, vio él precisamente antes de salir a una anciana que vestía los restos de un traje de novia. “¡Qué guapa es! Quizá me encuentre al llegar a la otra puerta”, piensa el novio-anciano. Pero no será así, porque como nosotros sabemos, la naturaleza del espejo impide el encuentro.

El novio es Ícaro otra vez, un joven ingenuo deslumbrado por el brillo del amor y marcado por la tragedia: el encuentro es imposible, la mujer es una luz inalcanzable -y, como se ve aquí, también es así a la inversa- y todo enamoramiento es un deslumbramiento que lleva a la caída sorda salvo que se sueñe un sueño nuevo, siendo parte de la esencia del soñar que lo soñado sea inalcanzable.

En resumen, nuestro mezquino compañero vuelve a perderse en las ilusiones, el sabio guía -Hor como maestro, Ende- trata de sacarle de ellas severamente y sin éxito (hemos visto eso mismo en el cuento del “mundillo privado”), y Ende vuelve a reírse de nuestra locura. Estamos apañados, efecto desesperado del espectáculo que nunca empieza por faltar la Palabra. Y no obstante, como defendí el ideal heroico, defiendo ahora el ideal romántico vivo y concreto, a pesar de los pesares, de las complejidades, las distancias y las sombras.

14. LA FIESTA DE LAS VELAS

Este relato está lleno de colorido. Hay una boda -conexión, la boda esperada e imposible del relato anterior- y una fiesta de bodas y velas de mil colores, que brillan y bailan en un escenario onírico también hecho de velas con gran frenesí, hasta que todo, como es lógico, se deshace y desaparece. Pero, se nos dice, ¡fue una gran fiesta!

15. EL PATINADOR

Llevamos bastante tiempo con Ícaro, y volver a Hor siempre tiene algo de alivio -porque Ende escribe con menos amargura. Aquí el cielo está helado, la gente está helada abajo -paralelos, el espejo ante el espejo- y dedicada a sus cosas y un patinador invertido va aquí y allá por el cielo. Se trata de Hor, naturalmente, el funambulista, el artista: lo que está trazando en el cielo es la palabra que devolvería la unidad al mundo en el marco de un espectáculo bello. Pero nadie mira al cielo, nadie se fija. El artista, la maravilla y el sentido pasan inadvertidos ante la multitud mediocre.

16. EL SEÑOR DE LETRAS

Y aquí otro relato breve, el último que voy a criticar hoy. El “señor de letras” -no se trata de su carrera, sino de que está hecho de letras- va con su novia a la verbena, pero no quiere disparar con la escopeta de feria, porque por algún motivo -el espejo- sería dispararse a sí mismo. Y duda y duda hasta que su novia se va con el carnicero, tras lo cual el señor de letras se nos deshace. “Para eso podría haber disparado, ¿no os parece?”

Este es un poco más confuso. La novia -conexión con lo de antes tras el paréntesis de Hor- podría ser la mujer superficial que escoge a Teseo el violento y deja atrás al pobre artista porque no se mete al negocio heroico. O quizá el carnicero es sólo la forma de encadenar con otro relato, y lo que tenemos aquí es el mundillo privado, el tipo falto de arrojo que se aferra a lo que tiene hasta que se disuelve como se disuelven todos los sueños. O quizá es una visión más patética del hombrecillo sabihondo e iluso que se topa con un dilema imposible. En cualquier caso, vaya palo, colega.

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El Espejo en el Espejo: Un laberinto (II). La palabra perdida

Continúo con el análisis de “El espejo ante el espejo”, capítulo a capítulo y fragmento a fragmento, mientras Hor e Ícaro siguen acercándose. There be spoilers, y adelante.

  1. EL ATASCO

Esta es probablemente mi parábola favorita de todo el libro: está llena de lirismo y podría formar parte de sus obras más luminosas. Empieza con dos personas en un carruaje, un viejo cochero cojo y una dama. Son Edipo y Ariadna, huidos del relato del bombero y transmutados debido al cambio de sueño. Fuera hay un atasco interminable, pero lo cotidiano absurdo en punto muerto, que ha sido la constante de todos los fragmentos anteriores, se convierte de pronto en maravilla cuando la dama aparta la cortina negra –el telón, la prenda de penitencia- asoma la cabeza y el atasco resulta ser una emigración perpetua de saltimbanquis, la emigración de las Montañas del Cielo. Hay un segundo vínculo temático: esta es una versión esperanzada del espectáculo que nunca empieza.

“No somos un circo”, dice uno de ellos, quizá Hor cambiado de forma. Explican su migración de esta manera: el mundo ha perdido una palabra, y ellos la buscan. “Era precisamente por la que todo se relaciona con todo”. Más adelante, dirá que el mundo “solo se compone de fragmentos que no tienen nada que ver los unos con los otros, esto es así desde que perdimos la palabra. Y lo peor es que los fragmentos se siguen descomponiendo y quedan cada vez menos cosas que guarden relación entre sí, si no encontramos la palabra que reúna todo con todo, un día el mundo se pulverizará por completo por eso viajamos y la buscamos”. Esa palabra sería “el antiguo espectáculo unitivo”, y la crisis por la que se ha perdido, la misma que hace que Fantasía se precipite hacia la Nada en la Historia Interminable. El cochero le pregunta si deben seguirles, pero la dama, aunque conmovida, reflexiona y determina que no: tienen su búsqueda y deben seguir su propio camino.

¿Qué tenemos aquí? La misión del artista, la esperanza de sentido, la búsqueda humilde que llevan a cabo hombres vestidos con traje de fantasía y que se resisten a la crisis de la pérdida de la imaginación y del sentido, la crisis de los Hombres Grises. Esto ya no es sólo una huida, sino una búsqueda, la de la maravilla.

Aunque claramente Ende no tiene esa intención, es sugestiva también la idea de buscar el Logos del mundo, la Palabra que sana el corazón del hombre y da verdad, belleza y orden al mundo atomizado y mecanizado de los tiempos modernos, y no en soledad, sino juntos. Todo el relato de este camino tiene una cualidad de Grial artúrico, de búsqueda del ideal, y las Montañas del Cielo, los trajes de saltimbanqui, la carroza, contribuyen a ese aire luminoso y celestial.

Desde luego, en este libro eso no puede durar. Así que ya llega el palo.

  1. EL TESTIGO

Teseo contra Hor, primer asalto. Como si fuera una declaración judicial, el testigo informa de una matanza producida en un bosque nocturno. Un grupo de gente que portaba antorchas (los saltimbanquis, “portadores de luz”, traspuestos a un nuevo sueño) ha sido brutalmente asesinado en un bosque nocturno por una masa hostil, a modo de linchamiento, y los que los lincharon apagaron sus antorchas en su sangre -¡imagen dramática, realmente!-. ¿Por qué Teseo y Hor, convertidos en multitudes? Porque como iremos viendo, para Ende el supuesto joven héroe es en realidad pura violencia justificada y ennoblecida por la ignorancia y el relato favorecedor, y Hor, el monstruo, en realidad sólo es un soñador, o mejor, un mago.

El linchamiento del artista, del soñador que escapa, es un tema habitual en esta obra: los que lo linchan son los mezquinos, los egoístas y calculadores hombres grises. Podríamos decir que es “el odio contra la luz”, la muerte de Sócrates traspuesta de la Verdad a la Belleza y, en último término, la Crucifixión: las tinieblas rechazan la luz.

Por último, el elemento “judicial” habla del juicio divino, del bien y del mal, pero como ya hemos visto, el tratamiento de estos conceptos es negativo. El lenguaje judicial también se usa a veces para tratar del absurdo aburrido, como en Kafka. La ambigüedad y el elemento doble o de espejo se apunta al final del relato: resulta que el testigo no puede recordar en qué bando estaba durante la matanza. Por simetría, eso apunta más a Teseo que a Hor, que se “confunden” por primera vez.

8. EL JUICIO DEL ÁNGEL

“The angels see this and understand”. Literalmente, en este caso. Estamos en un Tribunal, continuando con el tema de la declaración judicial anterior, donde dos abogados parecen discutir, con abundante verborrea y representando respectivamente el azar y el destino, si debe dársele a un hombre turno para encarnarse o no debe dársele. El jurado aguarda, con el ángel resplandeciente y mudo entre sus miembros -nadie se da mucha cuenta de su presencia, que tiene algo de maravilloso e inefable. Por lo demás, también hay algo de inhumano en él, y podríamos llamarlo un Ángel del Arte o una intuición luminosa-. Y resulta que, mientras se celebra el juicio, se trae al futuro naciente, vestido de rojo -presumiblemente, el mismo personaje que se lamentaba de no poder nacer en la estación-catedral- y en un arrebato este golpea y mata a otra figura vestida de blanco que iba a servirle. La sangre mancha el blanco otra vez -es una nueva matanza socrática- mientras continúa el sinsentido de la discusión jurídica: sólo el ángel da una especie de grito mudo. Para el resto de la gente, perfecta indiferencia.

Lógicamente, el blanco es Hor y el rojo, Teseo. Aquí vemos explícitamente el elemento de “violencia juvenil”, y la ignorancia se refleja en los posteriores lamentos y quejidos del agresor: no quería hacerlo, no tenía ni idea… así se refleja de nuevo el arquetipo del artista incomprendido.

9. IO

Este es el relato que menos me gusta de todo el libro, y seré breve. En la mitología, Io es la mujer que se convierte en vaca. Siento decir que el equivalente femenino del funcionario, contrapuesta a la misteriosa, inteligente e inasible Ariadna, es para Ende la mujer gorda, la madre, la novia que está al alcance de la mano. Se trata de una vida cíclica en una casa: la madre gorda no hace más que parir hijos y darles leche, el padre se emborracha en el establo, los hijos crecen, el padre va matando vacas para darles de comer, luego hace lo mismo con la madre, quizá por error, luego se deja morir y un forastero se casa con la hija mayor, se emborracha en el establo y vuelta a empezar, todo según las vueltas del reloj.

Nunca he soportado bien las parodias de la vida familiar en la gente que ha dejado atrás la adolescencia. Si uno no es lo bastante maduro como para ver la solidez y la fuerza que hay en el envejecer compartido, el albergar una nueva vida y el trabajar para darle un lugar donde cobijarse,  no sólo se pierde el cincuenta por ciento de la vida, sino que causa un efecto penoso (un tipo parodiando algo que no pilla es una imagen grotesca). Ya digo, está bien cuando tienes quince años. Vale que te caigan mal los burgueses, pero la imagen del hombre gris tiene bastante más clase.

10. EL MUNDILLO PRIVADO

Esta última tiene su interés: es el primer diálogo, el primer encuentro real entre Teseo y Hor. El relato está narrado en segunda persona. “Tú” (se supone que el lector se identifica más con Teseo que con Hor), en una habitación similar a un despacho, pero gigante, con descripciones paisajísticas. Silencio, control, paz. De pronto, una grieta y una visita. Otra figura que llama al tú lector “hermano de sangre”, pero que el conceptúa como un “tentador”. Le grita y le insiste para que abandone este mundillo y “aprenda a caer” (evadirse, soñar sueños nuevos) antes de que sea demasiado tarde. La grieta se va extendiendo, pero el “tú” hace gala de la misma cerrazón que sus congéneres de los relatos anteriores: no y no. No quiere caer abajo, aunque el otro le dice que “no hay arriba ni abajo”. Su falta de fe le lleva a perder precisamente lo que había querido guardar: cuando las sombras le envuelven y el mundillo privado se cae a pedazos, llama a su “hermano de sangre”, pero el otro no contesta, es demasiado tarde y no consigue aprender a “soñar otro sueño”.

Como se ve, es una historia que tiene paralelismos a lo Noé: el que quiere salvar su vida idolatrándose a sí mismo, la pierde, el que se da, la gana. ¿Cuál es el problema? Que Ende sigue proponiendo el subjetivismo del artista y la huida radical de todo como antídoto. Y ese camino sólo puede terminar donde empezó: en el laberinto difuso y sin ventanas de la soledad de Hor. El dilema es, por así decirlo, a lo Keating en El club de los poetas muertos. No basta con el despertar de la intensidad y lo estético: aprender a saltar y a caer es otra cosa. Implica arriesgarse al golpe, y a buscar poesía en lo que aparentemente es feo y despreciable. Implica soñar la propia vida sin olvidarse de vivirla al mismo tiempo. Implica contacto real, encuentros. Y con esto acaba la segunda parte de mi crítica.

El espejo ante el espejo: Un laberinto (I). La cara sombría.

“Perdóname, no puedo hablar más alto.

No sé cuándo me oirás, tú, a quien me dirijo.

¿Y acaso me oirás?

Mi nombre es Hor”.

La historia interminable y Momo son dos referencias de mi niñez; me ayudaron mucho a vivir. La primera, a explorar un Reino de Fantasía que no tiene fronteras buscando siempre un nombre nuevo, a resistir los embates de la nada con mirada de maravilla, a valorar el cuento, el mito de trazos simples y el viaje interior del héroe que se sacrifica y lucha, a saber que sucumbir a la tentación e intentar someter Fantasía al propio capricho la corrompe, enloquece, convierte a un creador en un idiota balbuceante, que cuando todo se derrumba es bueno hacerse pequeño y recordar a las personas amadas, y que es posible traer el agua de la vida a los demás siempre que uno tenga un amigo fiel que pueda salvarle y asumir su carga, dispuesto a luchar contra él para salvarlo y a vencer la calumnia y las heridas. La segunda, a suspender el tiempo y pensar en lo permanente, a no sucumbir ante razonamientos utilitarios –mucho en cuantía, nada en esencia- de Hombres Grises vacíos y agresivos, a guardar silencio y escuchar, a confiar en la inocencia, a no venderse y a ayudar a los demás a encontrar su propia voz. Ambos ayudaron a cimentar mi gusto por el mito, la alegoría y lo imaginario. Así que El espejo ante el espejo, la obra más agresivamente surrealista, oscura, dolorida y desesperanzada de Ende, fue para mí una especie de reto o laberinto en que me adentré provisto de espada e hilo de oro. Dentro encontré al monstruo, naturalmente, pero también me llevó a profundizar, discernir, posicionarme e interiorizar. No la recomendaría a cualquiera, francamente, pero aquí va un relato de mis esfuerzos, a modo de crítica y reflexión sobre la obra.

No es un libro fácil, aunque sí extraordinariamente inteligente y sugerente de principio a fin, un laberinto literario muy bien construido en torno a las dos metáforas centrales (el laberinto de Teseo y el espejo ante el espejo), un intento de autoexploración y búsqueda del padre, el pintor surrealista Edgar Ende, cuyas obras ilustran e inspiran las figuras de los relatos, de forja de mitos y definición del artista y el hombre (un buen resumen sería “el artista como mago”, idea que rechazo precisamente porque lleva a la desesperanza creadora), un juego de pistas y símbolos que llaman a interpretarlos, un comentario más oscuro y visceral de algunas de las ideas de sus otras obras. Está dividido en textos a modo de capítulos sin titular que presentan situaciones, imágenes y personajes sin una línea argumental, aunque con cierta continuidad temática. Es circular, el final es el principio. Advertencia: from here, there be spoilers.

  1. HOR

El primer personaje presentado es Hor en el papel del Minotauro: un ser difuso perdido en la soledad desesperada y la identidad incierta, un soñador oscuro encerrado en la confusión y el cambio constante; vive en un laberinto sin puertas ni ventanas hecho de una sustancia que puede comer. Llora por las noches, despierta sin recordar lo soñado, tiene recuerdos que no identifica como propios, escucha ecos de antiguas voces suyas que siguen rebotando por el laberinto, localiza lugares donde ya ha estado y no sabe quién es: tiene algo del soñador, el artista, Ende (es un personaje positivo, que le refleja), y afirma que podría ser el lector. Se pregunta por ese “otro”, y está solo. El texto está escrito para interpelar, y veo en él algo así como la culminación de una Fantasía desesperada, existencialista: un ser encerrado en sus propios sueños pero que puede ser cualquiera, “everyman”, aunque todo lo que le pase será sueño también, irreal y difuso.

  1. ÍCARO

Este es el otro personaje, “el joven héroe”, sin nombre pero basado en Ícaro hijo de Dédalo: este personaje es más bien negativo, irá perdiendo todo lo que cree tener y acabará convertido en Minotauro, parte del Laberinto, en una inversión del mito original.

Ende lo plantea así: un chico que vive en el Laberinto con su padre y maestro comienza la difícil prueba de soñar –construir a través de la imaginación- unas alas que lo saquen del Laberinto, del que sólo podría escapar el hombre feliz. Él está seguro de que lo conseguirá, y feliz porque piensa reunirse con su amada. Sigue todas las reglas de la prueba con dedicación incansable y acepta cargar con las cosas que le dan los suplicantes que quedan dentro en tono más o menos amable: una muleta, un zapato… la idea es que así saldrán con él de allí, aunque sea un poco.

Pero cuando llega al lugar de la prueba, todo sale horriblemente mal: resulta que se superaba desobedeciendo las reglas, y lo pierde todo: su padre es castigado por su fallo y alejado de él junto con su amada en una carroza, pierde la capacidad de volar, pierde la felicidad y se convierte, paradójicamente, en un habitante del Laberinto.

¿Por qué? Ende remarca la presunción y la confianza juvenil del héroe y cuestiona su figura: duda sobre el amor de la amada y el del padre y cuenta el cuento de la culpa sin crimen, contraponiendo cabeza-corazón y moral-imaginación, es decir el Dulce Deseo o el Sueño de Volar (siguiendo a Tolkien o Lewis, es la raíz de Fantasía) versus “el hombre no es un pájaro porque no tiene alas” sin matiz ni alternativa. Esta especie de desesperada caída del Edén por exceso de buena voluntad e incoherencia de las normas con lo que se espera que hagas, donde las alas-sueños se vuelven inútiles, es el primero de los “fracasos del héroe” que le acercarán finalmente a Hor.

Crítica. Es cierto que uno no puede cargarse todos los problemas del mundo al viajar por Fantasía, que el arte “comprometido” tiene que ser primero arte, fiel a su intuición profunda, y que no se consigue siguiendo reglas sin más. Pero eso es el arte, no la vida. Estoy con el héroe y contra la lógica del Laberinto, aunque todo le haya fallado. Porque en ese intentar socorrer a los otros y caminar hacia la meta interiorizando las guías que uno ha recibido es un signo de algo exterior al laberinto, y porque el héroe no está solo: tiene un padre y una amada en los que pensar y hacia los que caminar. Como veremos, Ende los cuestionará a los dos para dejar solo al héroe.

  1. EL ESTUDIANTE

Volvemos a Hor, convertido en un estudiante soñador in media res de sus estudios que está descubriendo la forma en que la fantasía se hace real y se convierte en “puerta” entre dos puntos del laberinto, de sueño a sueño: más o menos la idea es que todos los hombres viven atrapados en sus sueños, pero algunos son capaces de soñar otras cosas, saltar de unos a otros, a lo Nietzsche. Tiene que pagar el alquiler (¡conexión con Morrison, llamada a la puerta de la desagradable realidad!) e interrumpe su ensoñación para explorar un piso que se cae a pedazos. De fondo, la vaga urgencia de un examen. El estudiante se encuentra con un hombrecillo de la limpieza mediocre y sin imaginación que bebe hiel y vinagre y se goza en el polvo de la casa que se cae: es como un Hombre Gris de Momo, pero más absurdo e insignificante que peligroso. En su discurso aparecen “objetivamente”, “sin esperanza”, “razón lógica”, “vivir en el conocimiento” en oposición al ideal de fantasía que Ende defiende, y también profecías de autocumplimiento, “como he hecho toda la vida”, “moral significa las cosas no son tan sencillas” (moral kantiana, entendida como toda la moral, que se rechaza con la figura del héroe), “Dios le guarde” y la idea de que en el mundo no hay comienzos contra la idea de empezar constantemente desde el principio, que es la de Fantasía. Lleva al aturdido estudiante de un lado para otro y le insta a que tome el plumero y se ponga a limpiar.

El hombrecillo pide “paciencia”: la cuestión se solucionará cuando acabe una eterna deliberación de herederos sobre el piso que está en punto muerto mientras todo cae: los herederos están llenos de polvo y sentados a la mesa y se miran unos a otros sin avanzar ni retroceder un paso. La escena es rocambolesca. El estudiante siente la tensión del examen (la prueba de Ícaro transmutada por el sueño), y el personajillo (lo llamaré “el funcionario”, porque aparece en ese papel más tarde) quiere llevarlo a instalarse en la perpetua tensión y la mezquindad de hombre gris, es decir, la “carga” moral de los suplicantes. Pero en oposición a Ícaro, el estudiante deja el plumero, se duerme y escapa mientras recita una fórmula de apariencia matemática que en realidad viene a decir que la imaginación trasciende el tiempo. Ende contrapone al soñador frente al héroe, pero el soñador de Ende es, en esencia, un hombre que huye. Vamos, lo contrario a un Atreyu. Por eso El espejo ante el espejo viene a ser una anti-Historia Interminable.

  1. EL BOMBERO

Volvemos al héroe. Un bombero condecorado que apaga fuegos va en tren a recibir un premio por sus esfuerzos, y de pronto se queda varado en una estación de paso o terminal de tren ocupada por una inmensa masa de gente mientras suena por los altavoces la fórmula del estudiante (que, recordemos, representa la fantasía o el sueño que te permite saltar de tu historia a otra diferente). Esta es una experiencia común del hombre moderno: el sitio sin sentido, la masa anónima. Pues en esta estación, situada en una isla flotante, hay algo así como una catedral dedicada a la adoración del dinero.

El héroe se encuentra con una chica vestida de penitente (el castigo de antes), con un pesado paño negro que más o menos le dice que estará atascado en este lugar que teóricamente es de paso, para perder en él unos minutos, piense él lo que piense. Él discute, ella se deja una bolsa, él la busca para devolvérsela. La dama es una figura positiva, con mirada de artista, y él se interesa por ella: es, en este sueño, la “amada del héroe”. En el interior de la catedral hay ataúdes llenos de billetes y “sacramentos” de multiplicación de acciones: está completamente perdido hasta que localiza a la chica y al organista, que es un anciano ciego –el padre castigado- con quien la chica comparte su dolor: la imagen tiene algo de “destierro edénico”, y algo de Edipo y Ariadna. Al final se ve separado de ellos. Oye un sollozo infantil en un confesonario, la voz de alguien que dice que no va a poder nacer y lleva esperando mucho tiempo –es un personaje de un cuento posterior-, y de pronto se descubre que hay una bomba en la catedral –en la bolsa- y que él la lleva encima: la tensión del examen/prueba en el otro sueño se convierte en tensión del peligro.

Tratando de salir de la Catedral, recibe una paliza y las ropas quedan hechas harapos, con lo que termina confundiéndose con la masa –se repite el tema, “parte del laberinto”- y mientras “la amada” y “el padre” huyen de algún modo por las islas volantes –encuentra el paño negro en el suelo-, nuestro nuevamente frustrado héroe asiste impotente al fin de la cuenta atrás. Oído este cuento, me posiciono igual. Con el héroe, contra el mundo.

5. EL ESPECTÁCULO QUE NUNCA EMPIEZA

Este capítulo es muy breve, y repite los temas de antes. El paño negro es aquí un telón (este tipo de transmutaciones ayudan a darle a todo aire de sueños) y un artista -nuestro héroe icariano otra vez- aguarda para empezar un espectáculo de saltimbanquis, apoyándose en una pierna, en la otra… Pero ya ha olvidado cuánto tiempo lleva esperando, y el espectáculo nunca empieza.

Así que tenemos otra vez la pregunta de Ultra Comics: ¿qué pasa si crees que serás un héroe, pero la vida simplemente es injusta y ruidosa y no tienes la oportunidad? Y aquí se confrontan tres posturas: tener esperanza e intentarlo de todos modos, soñar otro sueño y huir, beber polvo y convertirse en un “hombre práctico” en el peor sentido de la palabra. La Historia Interminable planteaba temas parecidos, pero al final se quedó con la opción a. Aquí Ende apuesta con todas sus fuerzas por la b. ¿Cuál es el problema? Bueno, eso es lo que convierte al soñador en Hor…