El Espejo en el Espejo: Un laberinto (II). La palabra perdida

Continúo con el análisis de “El espejo ante el espejo”, capítulo a capítulo y fragmento a fragmento, mientras Hor e Ícaro siguen acercándose. There be spoilers, y adelante.

  1. EL ATASCO

Esta es probablemente mi parábola favorita de todo el libro: está llena de lirismo y podría formar parte de sus obras más luminosas. Empieza con dos personas en un carruaje, un viejo cochero cojo y una dama. Son Edipo y Ariadna, huidos del relato del bombero y transmutados debido al cambio de sueño. Fuera hay un atasco interminable, pero lo cotidiano absurdo en punto muerto, que ha sido la constante de todos los fragmentos anteriores, se convierte de pronto en maravilla cuando la dama aparta la cortina negra –el telón, la prenda de penitencia- asoma la cabeza y el atasco resulta ser una emigración perpetua de saltimbanquis, la emigración de las Montañas del Cielo. Hay un segundo vínculo temático: esta es una versión esperanzada del espectáculo que nunca empieza.

“No somos un circo”, dice uno de ellos, quizá Hor cambiado de forma. Explican su migración de esta manera: el mundo ha perdido una palabra, y ellos la buscan. “Era precisamente por la que todo se relaciona con todo”. Más adelante, dirá que el mundo “solo se compone de fragmentos que no tienen nada que ver los unos con los otros, esto es así desde que perdimos la palabra. Y lo peor es que los fragmentos se siguen descomponiendo y quedan cada vez menos cosas que guarden relación entre sí, si no encontramos la palabra que reúna todo con todo, un día el mundo se pulverizará por completo por eso viajamos y la buscamos”. Esa palabra sería “el antiguo espectáculo unitivo”, y la crisis por la que se ha perdido, la misma que hace que Fantasía se precipite hacia la Nada en la Historia Interminable. El cochero le pregunta si deben seguirles, pero la dama, aunque conmovida, reflexiona y determina que no: tienen su búsqueda y deben seguir su propio camino.

¿Qué tenemos aquí? La misión del artista, la esperanza de sentido, la búsqueda humilde que llevan a cabo hombres vestidos con traje de fantasía y que se resisten a la crisis de la pérdida de la imaginación y del sentido, la crisis de los Hombres Grises. Esto ya no es sólo una huida, sino una búsqueda, la de la maravilla.

Aunque claramente Ende no tiene esa intención, es sugestiva también la idea de buscar el Logos del mundo, la Palabra que sana el corazón del hombre y da verdad, belleza y orden al mundo atomizado y mecanizado de los tiempos modernos, y no en soledad, sino juntos. Todo el relato de este camino tiene una cualidad de Grial artúrico, de búsqueda del ideal, y las Montañas del Cielo, los trajes de saltimbanqui, la carroza, contribuyen a ese aire luminoso y celestial.

Desde luego, en este libro eso no puede durar. Así que ya llega el palo.

  1. EL TESTIGO

Teseo contra Hor, primer asalto. Como si fuera una declaración judicial, el testigo informa de una matanza producida en un bosque nocturno. Un grupo de gente que portaba antorchas (los saltimbanquis, “portadores de luz”, traspuestos a un nuevo sueño) ha sido brutalmente asesinado en un bosque nocturno por una masa hostil, a modo de linchamiento, y los que los lincharon apagaron sus antorchas en su sangre -¡imagen dramática, realmente!-. ¿Por qué Teseo y Hor, convertidos en multitudes? Porque como iremos viendo, para Ende el supuesto joven héroe es en realidad pura violencia justificada y ennoblecida por la ignorancia y el relato favorecedor, y Hor, el monstruo, en realidad sólo es un soñador, o mejor, un mago.

El linchamiento del artista, del soñador que escapa, es un tema habitual en esta obra: los que lo linchan son los mezquinos, los egoístas y calculadores hombres grises. Podríamos decir que es “el odio contra la luz”, la muerte de Sócrates traspuesta de la Verdad a la Belleza y, en último término, la Crucifixión: las tinieblas rechazan la luz.

Por último, el elemento “judicial” habla del juicio divino, del bien y del mal, pero como ya hemos visto, el tratamiento de estos conceptos es negativo. El lenguaje judicial también se usa a veces para tratar del absurdo aburrido, como en Kafka. La ambigüedad y el elemento doble o de espejo se apunta al final del relato: resulta que el testigo no puede recordar en qué bando estaba durante la matanza. Por simetría, eso apunta más a Teseo que a Hor, que se “confunden” por primera vez.

8. EL JUICIO DEL ÁNGEL

“The angels see this and understand”. Literalmente, en este caso. Estamos en un Tribunal, continuando con el tema de la declaración judicial anterior, donde dos abogados parecen discutir, con abundante verborrea y representando respectivamente el azar y el destino, si debe dársele a un hombre turno para encarnarse o no debe dársele. El jurado aguarda, con el ángel resplandeciente y mudo entre sus miembros -nadie se da mucha cuenta de su presencia, que tiene algo de maravilloso e inefable. Por lo demás, también hay algo de inhumano en él, y podríamos llamarlo un Ángel del Arte o una intuición luminosa-. Y resulta que, mientras se celebra el juicio, se trae al futuro naciente, vestido de rojo -presumiblemente, el mismo personaje que se lamentaba de no poder nacer en la estación-catedral- y en un arrebato este golpea y mata a otra figura vestida de blanco que iba a servirle. La sangre mancha el blanco otra vez -es una nueva matanza socrática- mientras continúa el sinsentido de la discusión jurídica: sólo el ángel da una especie de grito mudo. Para el resto de la gente, perfecta indiferencia.

Lógicamente, el blanco es Hor y el rojo, Teseo. Aquí vemos explícitamente el elemento de “violencia juvenil”, y la ignorancia se refleja en los posteriores lamentos y quejidos del agresor: no quería hacerlo, no tenía ni idea… así se refleja de nuevo el arquetipo del artista incomprendido.

9. IO

Este es el relato que menos me gusta de todo el libro, y seré breve. En la mitología, Io es la mujer que se convierte en vaca. Siento decir que el equivalente femenino del funcionario, contrapuesta a la misteriosa, inteligente e inasible Ariadna, es para Ende la mujer gorda, la madre, la novia que está al alcance de la mano. Se trata de una vida cíclica en una casa: la madre gorda no hace más que parir hijos y darles leche, el padre se emborracha en el establo, los hijos crecen, el padre va matando vacas para darles de comer, luego hace lo mismo con la madre, quizá por error, luego se deja morir y un forastero se casa con la hija mayor, se emborracha en el establo y vuelta a empezar, todo según las vueltas del reloj.

Nunca he soportado bien las parodias de la vida familiar en la gente que ha dejado atrás la adolescencia. Si uno no es lo bastante maduro como para ver la solidez y la fuerza que hay en el envejecer compartido, el albergar una nueva vida y el trabajar para darle un lugar donde cobijarse,  no sólo se pierde el cincuenta por ciento de la vida, sino que causa un efecto penoso (un tipo parodiando algo que no pilla es una imagen grotesca). Ya digo, está bien cuando tienes quince años. Vale que te caigan mal los burgueses, pero la imagen del hombre gris tiene bastante más clase.

10. EL MUNDILLO PRIVADO

Esta última tiene su interés: es el primer diálogo, el primer encuentro real entre Teseo y Hor. El relato está narrado en segunda persona. “Tú” (se supone que el lector se identifica más con Teseo que con Hor), en una habitación similar a un despacho, pero gigante, con descripciones paisajísticas. Silencio, control, paz. De pronto, una grieta y una visita. Otra figura que llama al tú lector “hermano de sangre”, pero que el conceptúa como un “tentador”. Le grita y le insiste para que abandone este mundillo y “aprenda a caer” (evadirse, soñar sueños nuevos) antes de que sea demasiado tarde. La grieta se va extendiendo, pero el “tú” hace gala de la misma cerrazón que sus congéneres de los relatos anteriores: no y no. No quiere caer abajo, aunque el otro le dice que “no hay arriba ni abajo”. Su falta de fe le lleva a perder precisamente lo que había querido guardar: cuando las sombras le envuelven y el mundillo privado se cae a pedazos, llama a su “hermano de sangre”, pero el otro no contesta, es demasiado tarde y no consigue aprender a “soñar otro sueño”.

Como se ve, es una historia que tiene paralelismos a lo Noé: el que quiere salvar su vida idolatrándose a sí mismo, la pierde, el que se da, la gana. ¿Cuál es el problema? Que Ende sigue proponiendo el subjetivismo del artista y la huida radical de todo como antídoto. Y ese camino sólo puede terminar donde empezó: en el laberinto difuso y sin ventanas de la soledad de Hor. El dilema es, por así decirlo, a lo Keating en El club de los poetas muertos. No basta con el despertar de la intensidad y lo estético: aprender a saltar y a caer es otra cosa. Implica arriesgarse al golpe, y a buscar poesía en lo que aparentemente es feo y despreciable. Implica soñar la propia vida sin olvidarse de vivirla al mismo tiempo. Implica contacto real, encuentros. Y con esto acaba la segunda parte de mi crítica.

Anuncios