El espejo ante el espejo: Un laberinto (I). La cara sombría.

“Perdóname, no puedo hablar más alto.

No sé cuándo me oirás, tú, a quien me dirijo.

¿Y acaso me oirás?

Mi nombre es Hor”.

La historia interminable y Momo son dos referencias de mi niñez; me ayudaron mucho a vivir. La primera, a explorar un Reino de Fantasía que no tiene fronteras buscando siempre un nombre nuevo, a resistir los embates de la nada con mirada de maravilla, a valorar el cuento, el mito de trazos simples y el viaje interior del héroe que se sacrifica y lucha, a saber que sucumbir a la tentación e intentar someter Fantasía al propio capricho la corrompe, enloquece, convierte a un creador en un idiota balbuceante, que cuando todo se derrumba es bueno hacerse pequeño y recordar a las personas amadas, y que es posible traer el agua de la vida a los demás siempre que uno tenga un amigo fiel que pueda salvarle y asumir su carga, dispuesto a luchar contra él para salvarlo y a vencer la calumnia y las heridas. La segunda, a suspender el tiempo y pensar en lo permanente, a no sucumbir ante razonamientos utilitarios –mucho en cuantía, nada en esencia- de Hombres Grises vacíos y agresivos, a guardar silencio y escuchar, a confiar en la inocencia, a no venderse y a ayudar a los demás a encontrar su propia voz. Ambos ayudaron a cimentar mi gusto por el mito, la alegoría y lo imaginario. Así que El espejo ante el espejo, la obra más agresivamente surrealista, oscura, dolorida y desesperanzada de Ende, fue para mí una especie de reto o laberinto en que me adentré provisto de espada e hilo de oro. Dentro encontré al monstruo, naturalmente, pero también me llevó a profundizar, discernir, posicionarme e interiorizar. No la recomendaría a cualquiera, francamente, pero aquí va un relato de mis esfuerzos, a modo de crítica y reflexión sobre la obra.

No es un libro fácil, aunque sí extraordinariamente inteligente y sugerente de principio a fin, un laberinto literario muy bien construido en torno a las dos metáforas centrales (el laberinto de Teseo y el espejo ante el espejo), un intento de autoexploración y búsqueda del padre, el pintor surrealista Edgar Ende, cuyas obras ilustran e inspiran las figuras de los relatos, de forja de mitos y definición del artista y el hombre (un buen resumen sería “el artista como mago”, idea que rechazo precisamente porque lleva a la desesperanza creadora), un juego de pistas y símbolos que llaman a interpretarlos, un comentario más oscuro y visceral de algunas de las ideas de sus otras obras. Está dividido en textos a modo de capítulos sin titular que presentan situaciones, imágenes y personajes sin una línea argumental, aunque con cierta continuidad temática. Es circular, el final es el principio. Advertencia: from here, there be spoilers.

  1. HOR

El primer personaje presentado es Hor en el papel del Minotauro: un ser difuso perdido en la soledad desesperada y la identidad incierta, un soñador oscuro encerrado en la confusión y el cambio constante; vive en un laberinto sin puertas ni ventanas hecho de una sustancia que puede comer. Llora por las noches, despierta sin recordar lo soñado, tiene recuerdos que no identifica como propios, escucha ecos de antiguas voces suyas que siguen rebotando por el laberinto, localiza lugares donde ya ha estado y no sabe quién es: tiene algo del soñador, el artista, Ende (es un personaje positivo, que le refleja), y afirma que podría ser el lector. Se pregunta por ese “otro”, y está solo. El texto está escrito para interpelar, y veo en él algo así como la culminación de una Fantasía desesperada, existencialista: un ser encerrado en sus propios sueños pero que puede ser cualquiera, “everyman”, aunque todo lo que le pase será sueño también, irreal y difuso.

  1. ÍCARO

Este es el otro personaje, “el joven héroe”, sin nombre pero basado en Ícaro hijo de Dédalo: este personaje es más bien negativo, irá perdiendo todo lo que cree tener y acabará convertido en Minotauro, parte del Laberinto, en una inversión del mito original.

Ende lo plantea así: un chico que vive en el Laberinto con su padre y maestro comienza la difícil prueba de soñar –construir a través de la imaginación- unas alas que lo saquen del Laberinto, del que sólo podría escapar el hombre feliz. Él está seguro de que lo conseguirá, y feliz porque piensa reunirse con su amada. Sigue todas las reglas de la prueba con dedicación incansable y acepta cargar con las cosas que le dan los suplicantes que quedan dentro en tono más o menos amable: una muleta, un zapato… la idea es que así saldrán con él de allí, aunque sea un poco.

Pero cuando llega al lugar de la prueba, todo sale horriblemente mal: resulta que se superaba desobedeciendo las reglas, y lo pierde todo: su padre es castigado por su fallo y alejado de él junto con su amada en una carroza, pierde la capacidad de volar, pierde la felicidad y se convierte, paradójicamente, en un habitante del Laberinto.

¿Por qué? Ende remarca la presunción y la confianza juvenil del héroe y cuestiona su figura: duda sobre el amor de la amada y el del padre y cuenta el cuento de la culpa sin crimen, contraponiendo cabeza-corazón y moral-imaginación, es decir el Dulce Deseo o el Sueño de Volar (siguiendo a Tolkien o Lewis, es la raíz de Fantasía) versus “el hombre no es un pájaro porque no tiene alas” sin matiz ni alternativa. Esta especie de desesperada caída del Edén por exceso de buena voluntad e incoherencia de las normas con lo que se espera que hagas, donde las alas-sueños se vuelven inútiles, es el primero de los “fracasos del héroe” que le acercarán finalmente a Hor.

Crítica. Es cierto que uno no puede cargarse todos los problemas del mundo al viajar por Fantasía, que el arte “comprometido” tiene que ser primero arte, fiel a su intuición profunda, y que no se consigue siguiendo reglas sin más. Pero eso es el arte, no la vida. Estoy con el héroe y contra la lógica del Laberinto, aunque todo le haya fallado. Porque en ese intentar socorrer a los otros y caminar hacia la meta interiorizando las guías que uno ha recibido es un signo de algo exterior al laberinto, y porque el héroe no está solo: tiene un padre y una amada en los que pensar y hacia los que caminar. Como veremos, Ende los cuestionará a los dos para dejar solo al héroe.

  1. EL ESTUDIANTE

Volvemos a Hor, convertido en un estudiante soñador in media res de sus estudios que está descubriendo la forma en que la fantasía se hace real y se convierte en “puerta” entre dos puntos del laberinto, de sueño a sueño: más o menos la idea es que todos los hombres viven atrapados en sus sueños, pero algunos son capaces de soñar otras cosas, saltar de unos a otros, a lo Nietzsche. Tiene que pagar el alquiler (¡conexión con Morrison, llamada a la puerta de la desagradable realidad!) e interrumpe su ensoñación para explorar un piso que se cae a pedazos. De fondo, la vaga urgencia de un examen. El estudiante se encuentra con un hombrecillo de la limpieza mediocre y sin imaginación que bebe hiel y vinagre y se goza en el polvo de la casa que se cae: es como un Hombre Gris de Momo, pero más absurdo e insignificante que peligroso. En su discurso aparecen “objetivamente”, “sin esperanza”, “razón lógica”, “vivir en el conocimiento” en oposición al ideal de fantasía que Ende defiende, y también profecías de autocumplimiento, “como he hecho toda la vida”, “moral significa las cosas no son tan sencillas” (moral kantiana, entendida como toda la moral, que se rechaza con la figura del héroe), “Dios le guarde” y la idea de que en el mundo no hay comienzos contra la idea de empezar constantemente desde el principio, que es la de Fantasía. Lleva al aturdido estudiante de un lado para otro y le insta a que tome el plumero y se ponga a limpiar.

El hombrecillo pide “paciencia”: la cuestión se solucionará cuando acabe una eterna deliberación de herederos sobre el piso que está en punto muerto mientras todo cae: los herederos están llenos de polvo y sentados a la mesa y se miran unos a otros sin avanzar ni retroceder un paso. La escena es rocambolesca. El estudiante siente la tensión del examen (la prueba de Ícaro transmutada por el sueño), y el personajillo (lo llamaré “el funcionario”, porque aparece en ese papel más tarde) quiere llevarlo a instalarse en la perpetua tensión y la mezquindad de hombre gris, es decir, la “carga” moral de los suplicantes. Pero en oposición a Ícaro, el estudiante deja el plumero, se duerme y escapa mientras recita una fórmula de apariencia matemática que en realidad viene a decir que la imaginación trasciende el tiempo. Ende contrapone al soñador frente al héroe, pero el soñador de Ende es, en esencia, un hombre que huye. Vamos, lo contrario a un Atreyu. Por eso El espejo ante el espejo viene a ser una anti-Historia Interminable.

  1. EL BOMBERO

Volvemos al héroe. Un bombero condecorado que apaga fuegos va en tren a recibir un premio por sus esfuerzos, y de pronto se queda varado en una estación de paso o terminal de tren ocupada por una inmensa masa de gente mientras suena por los altavoces la fórmula del estudiante (que, recordemos, representa la fantasía o el sueño que te permite saltar de tu historia a otra diferente). Esta es una experiencia común del hombre moderno: el sitio sin sentido, la masa anónima. Pues en esta estación, situada en una isla flotante, hay algo así como una catedral dedicada a la adoración del dinero.

El héroe se encuentra con una chica vestida de penitente (el castigo de antes), con un pesado paño negro que más o menos le dice que estará atascado en este lugar que teóricamente es de paso, para perder en él unos minutos, piense él lo que piense. Él discute, ella se deja una bolsa, él la busca para devolvérsela. La dama es una figura positiva, con mirada de artista, y él se interesa por ella: es, en este sueño, la “amada del héroe”. En el interior de la catedral hay ataúdes llenos de billetes y “sacramentos” de multiplicación de acciones: está completamente perdido hasta que localiza a la chica y al organista, que es un anciano ciego –el padre castigado- con quien la chica comparte su dolor: la imagen tiene algo de “destierro edénico”, y algo de Edipo y Ariadna. Al final se ve separado de ellos. Oye un sollozo infantil en un confesonario, la voz de alguien que dice que no va a poder nacer y lleva esperando mucho tiempo –es un personaje de un cuento posterior-, y de pronto se descubre que hay una bomba en la catedral –en la bolsa- y que él la lleva encima: la tensión del examen/prueba en el otro sueño se convierte en tensión del peligro.

Tratando de salir de la Catedral, recibe una paliza y las ropas quedan hechas harapos, con lo que termina confundiéndose con la masa –se repite el tema, “parte del laberinto”- y mientras “la amada” y “el padre” huyen de algún modo por las islas volantes –encuentra el paño negro en el suelo-, nuestro nuevamente frustrado héroe asiste impotente al fin de la cuenta atrás. Oído este cuento, me posiciono igual. Con el héroe, contra el mundo.

5. EL ESPECTÁCULO QUE NUNCA EMPIEZA

Este capítulo es muy breve, y repite los temas de antes. El paño negro es aquí un telón (este tipo de transmutaciones ayudan a darle a todo aire de sueños) y un artista -nuestro héroe icariano otra vez- aguarda para empezar un espectáculo de saltimbanquis, apoyándose en una pierna, en la otra… Pero ya ha olvidado cuánto tiempo lleva esperando, y el espectáculo nunca empieza.

Así que tenemos otra vez la pregunta de Ultra Comics: ¿qué pasa si crees que serás un héroe, pero la vida simplemente es injusta y ruidosa y no tienes la oportunidad? Y aquí se confrontan tres posturas: tener esperanza e intentarlo de todos modos, soñar otro sueño y huir, beber polvo y convertirse en un “hombre práctico” en el peor sentido de la palabra. La Historia Interminable planteaba temas parecidos, pero al final se quedó con la opción a. Aquí Ende apuesta con todas sus fuerzas por la b. ¿Cuál es el problema? Bueno, eso es lo que convierte al soñador en Hor…

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